viernes, 22 de junio de 2012

La tetera de Russell

El filósofo Beltran Russell, que a juzgar por su aferro a la vida (vivió 97 años), no debía confiar mucho en el más allá, acuño en 1952 una analogía para ilustrar el hecho de que no corresponde al escéptico refutar las hipótesis infalsables de la religión, y que sirve perfectamente para todo tipo de hipótesis posibles pero no plausibles.
Russel decía que nadie podría refutar su afirmación de que una tetera lo suficientemente pequeña como para no poder ser observada por los telescopios más potentes, gira alrededor del Sol en una órbita elíptica situada entre Marte y la Tierra. Pero -continuaba el filósofo- si afirmara que dudar de su existencia supone una presuntuosidad intolerable por parte de la razón humana puesto que la afirmación no puede ser refutada, la gente pensaría que estaba diciendo tonterías. Sin embargo, si la tetera fuera mencionada en libros antiguos, enseñada cada domingo como verdad sagrada e instalada en la mente de los niños en la escuela, la duda sobre su existencia sería condenada con la hoguera o el psicoanalista, dependiendo de la época.

La Ciencia y sus Demonios http://lacienciaysusdemonios.com/


“La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té.”

Richard Dawkins, “El capellán del diablo”.



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